El orígen de Espeleo Rescate México
EL ACCIDENTE QUE LO CAMBIO TODO
Por Fanny Monreal / Agosto de 2026.
Crédito: Espeleo Rescate México
En diciembre de 1999, un espeleólogo canadiense sufrió un accidente a 300 metros de profundidad en una cueva de la Sierra Negra de Puebla. Sacarlo con vida requirió seis días, especialistas mexicanos y extranjeros, improvisación, coordinación y una batalla contra la lluvia, la desinformación y el caos. De aquel rescate surgiría, meses después, Espeleo Rescate México.
A punto del cambio de milenio, mientras buena parte del mundo se preparaba para celebrar la Navidad, un grupo de espeleólogos canadienses continuaba explorando el Sistema Tepepa, un conjunto de cuevas verticales enclavado en la Sierra Negra de Puebla. La Société Québécoise de Spéléologie llevaba organizando expediciones año con año. Entre sus integrantes se encontraba Alan Goupil.
El 20 de diciembre, a unos 300 metros de profundidad, en una de las cuevas del sistema, Goupil avanzaba por una travesía cuando se sostuvo de una estalactita. La formación se desprendió y Goupil cayó aproximadamente seis metros hasta el suelo. Sobrevivió a la caída, pero inmediatamente comenzó a quejarse de un intenso dolor en la parte baja de la espalda. La exploración había terminado. Comenzaba un rescate.
Bastien Michau, otro integrante de la expedición, salió de la cueva tan rápido como pudo para informar lo ocurrido al campamento exterior. Ahí se encontraba Eric Sanson, espeleólogo francés con varios años de experiencia. Los miembros de la expedición comenzaron a plantear distintos escenarios para sacar a Goupil, pero todos conducían a la misma conclusión: necesitan mucha ayuda. Sandra, entonces pareja de Alan, salió junto con otro integrante hacia Tepepa de Zaragoza, la población más cercana. Su intención era utilizar la radio de la comunidad para pedir apoyo. La radio del pueblo, sin embargo, estaba descompuesta. Con ayuda de un conocido del pueblo, Sandra caminó alrededor de dos horas más hasta encontrar un teléfono.
Los primeros intentos de contactar ayuda fracasaron. Era Navidad, el cambio de milenio estaba a unos días y conseguir rápidamente especialistas en rescate de cuevas no era sencillo. Buscó ayuda de la Cruz Roja Mexicana, pero tampoco localizó personal especializado disponible para enfrentar un accidente de esa naturaleza. Finalmente consiguió comunicarse con Joe Ivy, espeleólogo del National Cave Rescue Commission de Estados Unidos. Ivy lanzó un llamado de auxilio a través del Foro Iztaxochitla. Se solicitaba la participación de espeleólogos con experiencia vertical, particularmente en cuevas con múltiples tiros y familiarizados con el tipo de armado europeo. Internet, todavía una herramienta relativamente nueva, comenzaba a utilizarse en comunidades especializadas alrededor del mundo. Una de esas comunidades creadas y mantenidas era el Foro Iztaxochitla, un nuevo medio de comunicación entre espeleólogos. Este foro de comunicación, se convirtió inesperadamente en una pieza importante del rescate.
El Accidente Corre por Internet
El Foro Iztaxochitla fue creado y aún es administrado por Juan Montaño, espeleólogo de la Asociación de Montañismo de la UNAM. Desde hacía aproximadamente un año funcionaba como el primer y el único espacio de comunicación por internet, en español, para personas interesadas o involucradas en la espeleología. El mensaje sobre el accidente comenzó a circular. Mientras tanto, en el campamento, Eric Sanson preparaba alimentos, equipo e insumos para introducirlos en la cueva. Sabía que ahora enfrentaba una operación completamente distinta. Alan estaba lastimado a cientos de metros bajo tierra y cualquier evacuación requeriría trasladarlo por tiros verticales, pasos estrechos y zonas técnicamente complicadas. En el exterior tampoco había tregua. Llevaba días lloviendo. El campamento, recordaría después Goupil, era prácticamente un mar de lodo.
La noticia del espeleólogo extranjero atrapado en Puebla llegó a los medios de comunicación masivos y para el 25 de diciembre, los alrededores de la cueva se habían convertido en un escenario difícil de controlar. Cohabitan elementos de Protección Civil local y estatal, soldados, funcionarios, habitantes de la región, periodistas y rescatistas. El problema ya no se encontraba solamente debajo de la tierra. En la superficie comenzaron a aparecer dificultades que suelen acompañar a los rescates altamente mediáticos: diferencias de idioma, intervención de embajadas, discusiones sobre los métodos de extracción, propuestas para utilizar explosivos, dificultades de comunicación, permisos, falta de equipo y discrepancias sobre qué técnicas de progresión emplear. A todo ello se sumaron la política, el estrés, las luchas de poder y los protagonismos. Entre los espeleólogos caminaban policías armados y militares. También comenzaron a circular sospechas y rumores. Uno de ellos aseguraba que dentro de la cueva había un tesoro. Otro sostenía que los extranjeros se negaban a recibir ayuda mexicana. Los supuestos intereses ocultos de los espeleólogos, cuando se convierten en centro de atención, normalmente por un desafortunado accidente, se van transformando: los tesoros cambian. En las cuevas a veces los tesoros son oro, otras veces se trata de uranio. El tesoro actual son tierras raras o el espionaje de sistemas subterráneos de agua. La única verdad es que mientras en la superficie crecían las especulaciones y los retrasos, Alan Goupil seguía esperando bajo tierra.
Los Especialistas que hacían Falta
Un médico ingresó a la cueva con apoyo de integrantes de la Unión de Rescate e Investigaciones en Oquedades Naturales, URION. Consiguió llegar hasta Goupil. No le encontró huesos rotos, aunque no podía determinar todavía la gravedad de la lesión en la espalda. El propio médico llevaba tres días sin dormir y se encontraba agotado.
El rescate necesitaba de espeleólogos capaces de colaborar en la progresión de una camilla dentro de una cueva vertical. No bastaba con tener condición física o experiencia general en cueva. La profundidad, los tiros y los pasos estrechos obligaban a contar con personas técnicamente preparadas. Diez espeleólogos mexicanos cubrieron el perfil. Ellos, junto con los integrantes de la expedición canadiense, intentarían llevar a Goupil hasta la superficie. Entre quienes llegaron al campamento para ayudar, se encontraban miembros experimentados del Grupo de Espeleología Universitario de la UNAM. Su participación resultó especialmente valiosa. Goupil escribiría que aquellos espeleólogos estaban familiarizados con el tipo de armado utilizado dentro de la cueva, lo que los convertía en una ayuda fundamental para la operación.
Ellos habían sido formados por Javier Vargas, Jefe de Espeleología de la UNAM quien había dirigido al grupo universitario con una fuerte orientación hacia la exploración. Bajo esa filosofía, el GEU de la UNAM había desarrollado técnicas de progresión, seguridad en las maniobras y, sobre todo, autonomía dentro de las cuevas. Aunque no es su vocación la del rescate, ese conocimiento y visión se tendrían que utilizar para tratar de salvar una vida.
El 26 de diciembre, alrededor de la una de la tarde, la operación llegó a su fin. Después de seis días de maniobras, Alan Goupil salió de la cueva y pudo mirar el cielo. Aunque no era mucho lo que podía verse: continuaba nublado y la lluvia no había cesado. Goupil había sufrido una lesión en un disco vertebral, pero con el paso del tiempo conseguiría recuperarse favorablemente. El rescate había terminado. Pero algunos de los que habían coincidido durante aquellos seis días ya estaban pensando en que pasaría en el siguiente accidente, porque había quedado expuesta una realidad: México, el país con más potencial espeleológico del mundo, carecía de una organización especializada de rescate de cuevas.
Con Goupil a salvo, Javier Vargas y Juan Montaño tuvieron oportunidad de conocer mejor a Eric Sanson. Había un pequeño obstáculo: Sanson no hablaba español y Vargas no hablaba francés. Montaño sí. Ese detalle aparentemente menor resultaría decisivo porque Juan Montaño se convirtió en el puente de comunicación entre ellos y, posteriormente, en una de las figuras protagonistas en el proceso que conduciría a la creación de una organización formal de rescate.
Después del accidente, Montaño hospedó a Sanson en Ciudad de México. Junto con Javier Vargas y otros integrantes del grupo de la UNAM, —Amílcar Jiménez y Javier Martínez— organizaron nuevas salidas. Visitaron El Barro, en San Luis Potosí, y el Sotanito de Ahuacatlán, en Querétaro. Las conversaciones continuaron. El accidente de Tepepa había demostrado que la comunidad espeleológica mexicana poseía conocimientos, experiencia y exploradores capaces. Lo que faltaba era una estructura capaz de coordinarlos cuando las cosas salieran mal.
En vísperas del nuevo milenio, México era un territorio extraordinariamente rico para la exploración subterránea, mexicanos y extranjeros llevaban décadas explorando juntos y existía una importante producción de información a través de sociedades, publicaciones, expediciones y congresos. Por ejemplo, en la Península de Yucatán, espeleobuzos provenientes de distintas partes del mundo exploraban algunos de los sistemas inundados más extensos hasta ahora conocidos. En otras regiones del país, continuaba la búsqueda de grandes sistemas verticales. Cada temporada aparecían nuevas cuevas. Entre los sistemas actuales más importantes se encuentran el Proyecto Huatla en Oaxaca y el de Iztaxochitla en Veracruz. Pero paradojicamente, México no contaba con una organización nacional especializada capaz de responder de manera estructurada ante un rescate subterráneo de gran complejidad.
La necesidad no era completamente nueva. Antes del accidente de Tepepa, por lo menos dos organizaciones mexicanas habían identificado el problema. URION había buscado desarrollar capacidades para atender accidentes en cuevas, aunque, como ocurría con muchas organizaciones similares, los recursos humanos y materiales eran insuficientes para alcanzar una profesionalización completa. La Cruz Roja Mexicana también había contado durante los años ochenta con una Escuela Nacional de Espeleología, posteriormente desaparecida. El rescate de Goupil terminó de demostrar la magnitud del desafío y la realidad: ningún grupo aislado podía resolver fácilmente un accidente como aquel, la solución tendría que ser colectiva.
Una comunidad que exploraba junta, pero no siempre trabajaba junta
La década de los noventa había sido especialmente activa para la espeleología mexicana. Organizaciones como el Grupo de Espeleología Universitario de la UNAM, la organización Base Draco, la Sociedad Mexicana de Exploraciones Subterráneas, la Unión Mexicana de Exploraciones Subterráneas y algunos grupos vinculados con delegaciones estatales de la Cruz Roja realizaban exploraciones y topografías de cuevas nuevas en distintas regiones del país. Había conocimiento, había experiencia, había grupos. Lo que no siempre había era comunicación entre ellos.
Juan Montaño había detectado ese problema antes del accidente. El Foro Iztaxochitla había nacido precisamente como un intento por construir un puente entre una comunidad dispersa por todo México. Después de Tepepa, esa necesidad de comunicación adquirió otra dimensión. No se trataba únicamente de compartir descubrimientos, ya había que estar preparados para responder juntos ante una emergencia.
El Espeleosocorro Francés
A partir de su amistad con Eric Sanson, Montaño consiguió establecer contacto con el Spéléo Secours Français, SSF, la organización francesa especializada en rescate espeleológico y líder a nivel mundial. La intención era traer a México un curso formal. Montaño entró en comunicación con Bernard Tourte, entonces presidente del organismo francés y la principal autoridad de rescate en cuevas del mundo.
Conseguir al instructor era solamente el comienzo. Había que convocar a los grupos mexicanos, encontrar instalaciones adecuadas para prácticas verticales, conseguir recursos y, quizá la tarea más complicada: lograr que organizaciones acostumbradas a trabajar de manera independiente aceptaran utilizar procedimientos comunes. No fue sencillo. El diverso universo de la espeleología mexicana había crecido gracias al esfuerzo de grupos que desarrollaron sus propios conocimientos, tradiciones y técnicas y esa independencia tenía un costo: los grupos no siempre se comunicaban entre sí. Fracasaron los intentos por conseguir recursos por parte del gobierno mexicano para traer al equipo francés. El financiamiento tuvo que construirse de otra manera. Gracias también a las gestiones de Montaño, fue la Embajada de Francia quien cubrió los boletos de avión hacia México. La UNAM aportó las instalaciones y los propios espeleólogos contribuyeron con dinero para cubrir alimentación y hospedaje. En octubre de 2000, casi un año después del accidente de Alan Goupil, el equipo encabezado por Bernard Tourte llegó a México.
Hablar el mismo idioma
El desafío apareció desde la primera práctica. Antes de enseñar técnicas de rescate había que resolver algo más básico: los participantes necesitaban utilizar un lenguaje técnico común. Cada grupo tenía sus propias técnicas de progresión y naturalmente, cada uno estaba convencido de que las suyas eran las mejores. Para funcionar como un equipo de rescate, aquella diversidad debía transformarse en procedimientos compartidos. Durante los primeros días, Tourte trabajó en la unificación de técnicas. Después comenzó formalmente el curso de Socorrista Jefe de Equipo, en el que participaron 24 espeleólogos mexicanos de todo el país provenientes de varias organizaciones espeleológicas nacionales.
En diciembre de 2000, el V Congreso de la Unión Mexicana de Agrupaciones Espeleológicas, fue la oportunidad ideal para la reflexión porque el encuentro permitió reunir nuevamente a buena parte de los espeleólogos interesados en construir una estructura permanente de rescate. Durante el congreso, celebrado en San Joaquín, Queretaro, Manuel Casanova —montañista con amplia experiencia como líder de expediciones, escuelas y proyectos— propuso formalizar la creación de una organización. La idea comenzó a tomar forma.
Como parte de las actividades del congreso, se realizó también una excursión a la Cueva de Zacatecolutla, en Guerrero. Participaron varios de los espeleólogos que habían recibido la capacitación impartida por Bernard. Y fue precisamente ahí, a la salida de la cueva, donde ocurrió algo que parecía cerrar el círculo iniciado un año antes en Tepepa. Los participantes decidieron crear la organización formalmente. También decidieron su nombre: Espeleo Rescate México. La reunión fundacional tuvo lugar en el dintel de la cueva. En esa reunión se encontraban Javier Vargas, Jesús Torres Cid,
Una Nueva Etapa
En palabras del espeleólogo José Benjamín Guerrero, “Cari”, “las cosas cambiaron cuando existió ERM”. Y cambiaron para bien de la espeleología mexicana. A partir de entonces comenzó a fortalecerse el trabajo conjunto entre los distintos grupos del país. Cada uno conservó su identidad, sus proyectos y sus propias formas de organización, pero quedaron atrás, en buena medida, aquellos tiempos de aislamiento y descoordinación. Después del primer curso impartido en México por el Espeleo Socorro Francés se realizaron dos encuentros más. Y es a partir de aqui, en donde resulta importante detenerse en la figura del espeleólogo mexicano Jesús Torres Cid.
Jesús Torres Cid (1957-2023) fue un espeleólogo de larga trayectoria, reconocido por su experiencia, su actividad constante y, sobre todo, por la pasión y el respeto con los que se relacionaba con los espeleólogos de muchos grupos y también el respeto que tenía por las cuevas. Javier Vargas, Jesús Domínguez, Sergio Santana y José Benjamín Guerrero “Cari” coinciden en señalar que, una vez constituido Espeleo Rescate México, Jesús Torres Cid fue el primero en señalar que había llegado el momento de que fueran los propios espeleólogos mexicanos quienes organizaran sus cursos y simulacros, con independencia del Espeleo Socorro Francés.
Torres Cid, junto con Sergio Santana y Reyes Orozco —figuras relevantes de la espeleología mexicana—, impulsaron no solamente la continuidad de ERM, sino su fortalecimiento y autonomía. Promovieron el primer curso realizado íntegramente por mexicanos. De aquel curso surgirían las nuevas generaciones de integrantes de ERM. Muchos de quienes participaron entonces son hoy dirigentes de la organización o figuras activas dentro de la espeleología mexicana y que continúan, a su vez, formando a nuevas generaciones.
ERM comenzó así a consolidarse como una organización especializada y legítima para el rescate en cuevas en México. Su importancia ha ido más allá de la atención de emergencias: se convirtió en un punto de encuentro para una comunidad dispersa a lo largo del territorio nacional. Esa coincidencia permite que exista hoy un espacio desde el cual discutir el presente de la espeleología mexicana desde el punto de vista del rescate, sus nuevos retos y los pendientes.
Retos y Pendientes: la Masificación de las Actividades al Aire Libre
Si ERM fue creado como una organización para apoyar en emergencias durante exploraciones en cuevas, ¿cuál debe ser su papel ante el creciente fenómeno de la masificación turística de las actividades al aire libre?.
No existe todavía un punto de comparación entre el número de personas que practican actividades de montaña sin ser montañistas—como senderismo o hikking— y quienes ingresan a cuevas. Sin embargo, no se va a negar que en el ámbito subterráneo, existe un incremento de visitantes motivados por la aventura. Aunque ERM no fue diseñado originalmente para atender las emergencias de ese fenómeno, igual apoya en los rescates en los que se le solicita. Cuando preguntamos a Jesús Domínguez, actual presidente de ERM, cuál considera que es uno de los principales retos de la organización hacia el futuro, afirma que es el impacto que pudiera llegar a tener en la organización el rescate en cuevas masificadas sin control.
ERM no es una organización de rescate para actividades de turismo porque no tiene los recursos. Aunque ERM nació precisamente a partir de un grave accidente en una cueva y su grado de especialización es considerable y la organización continúa creciendo, no fue creada ni está financiada para responder de manera permanente a un aumento indiscriminado de accidentes. La movilización de recursos humanos, equipo especializado y transporte tienen un costo que la propia organización difícilmente puede asumir de manera continua. En muchos casos son los propios integrantes de ERM quienes aportan su tiempo, sus vehículos y parte de su equipo personal, además del material perteneciente a la organización.
Javier Vargas y Jesús Domínguez coinciden en advertir otro fenómeno relacionado con la masificación: la normalización del riesgo. ¿Qué significa normalizar el riesgo en una actividad como la espeleología o en el montañismo?. Entre otras cosas, significa acostumbrarse progresivamente a prácticas que reducen los márgenes de seguridad: dejar de respetar ciertos estándares, aceptar maniobras deficientes o sobrepasar las cargas recomendadas para determinados sistemas. Cuando el riesgo comienza a verse como algo normal, aumenta la posibilidad de que un accidente involucre no a una sola persona, sino a varios lesionados. Un ejemplo reciente fue el rescate en el que participó ERM durante 2026 en el municipio de Cuetzalan, Puebla. Este tipo de situaciones abre preguntas complejas para la organización.
Si ERM necesita mantener un fondo de reserva para responder a verdaderas emergencias, ¿debe utilizar esos recursos para accidentes derivados de actividades turísticas? ¿Debe establecerse alguna diferencia entre quien practica espeleología organizada y quien ingresa a una cueva como parte de una experiencia turística? ¿Debería promoverse que determinadas cavidades sólo sean visitadas con guías especializados?. Y, quizá la pregunta más importante: ¿cómo generar una verdadera cultura de prevención entre quienes desean visitar una cueva independientemente de que sus interéses sean de exploración, práctica deportiva o turismo?
Otro reto señalado por ERM es lograr que los diferentes niveles de gobierno conozcan mejor de la existencia, las capacidades y las limitaciones de la organización. A primera vista puede parecer contradictorio: si ERM no puede convertirse en un servicio permanente de rescate en cuevas para cualquier tipo de actividades en cuevas, ¿por qué sería importante que las autoridades lo reconocieran?. Precisamente porque, cuando ocurre una emergencia en una cueva, las instituciones públicas necesitan saber a quién recurrir, qué capacidades técnicas se requieren y cuáles son los límites de una operación de este tipo.
Con el paso de los años también las autoridades y los cuerpos de emergencia han adquirido una mayor comprensión sobre los accidentes en cuevas. Ese ha sido otro logro de la existencia de ERM. Hoy las autoridades tienen mayor conciencia de que se trata de un rescate altamente especializado y de que no cualquier rescatista puede intervenir simplemente por contar con experiencia en emergencias convencionales. ERM puede participar y aportar su conocimiento técnico, pero sigue existiendo un problema fundamental: ¿quién cubre los costos de una operación?
Por otro lado, ERM es una organización civil y de vopcación que no cuenta con los recursos o la infraestructura administrativa necesarios para consolidar determinadas figuras fiscales y administrativas. Esta situación puede limitar su capacidad para recibir apoyos o recursos provenientes de distintos niveles de gobierno. Se genera así un círculo complicado: la organización posee conocimiento, experiencia y capacidad técnica, pero enfrenta dificultades para acceder a los mecanismos que podrían ayudar a financiar precisamente esas capacidades.
Protocolos para el Futuro
Jesús Domínguez señala también la necesidad de convertir parte del conocimiento acumulado por ERM en protocolos formales y escritos de actuación ante una emergencia. Los integrantes más experimentados conocen perfectamente qué debe hacerse cuando ocurre un accidente y han desarrollado procedimientos de trabajo cada vez más profesionales. Sin embargo, buena parte de ese conocimiento se ha transmitido mediante la experiencia, los cursos, los simulacros y el trabajo directo entre compañeros. Formalizarlo permitiría estandarizar procedimientos. Esto es especialmente importante en una organización cuyos integrantes se encuentran distribuidos a lo largo de todo el país. Un protocolo común permitiría establecer con mayor claridad qué hacer desde el momento en que se recibe una alerta, cómo organizar la movilización, quién toma determinadas decisiones, cómo se establecen las comunicaciones y bajo qué criterios se desarrolla una operación.
Después de varias décadas, el reto de ERM ya no consiste solamente en demostrar que México puede contar con especialistas capaces de realizar rescates complejos en cuevas. Ese objetivo, en buena medida, ya se consiguió. El reto ahora es fortalecer una institución capaz de conservar ese conocimiento, formar nuevas generaciones, dialogar con las autoridades y adaptarse a una realidad en la que cada vez más personas buscan experiencias de aventura bajo tierra. Todo ello sin perder de vista lo que le dio origen a la organización: una comunidad de espeleólogos dispuesta a organizarse para que, cuando algo salga mal dentro de una cueva, exista una posibilidad para que las víctimas puedan regresar a casa.
Hoy ERM, ante los nuevos retos y los pendientes, es una estructura sólida llena de nuevos espeleólogos. Son un grupo de personas que comparten un lenguaje compun para entrar en una cueva cuando alguien más necesita ayuda. ERM es la historia de cómo una comunidad aprendió que el gusto por las cuevas no era suficiente, había que aprender a trabajar y rescatar juntos.